E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982).

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Quizá el mayor reto que plantea actualmente Steven Spielberg es decir algo que no se haya escrito sobre su filmografía. No digamos si además se trata de abordar su película más personal, que en 2020 cumplirá 38 años, y que la posteridad ha situado en ese peligroso recodo de la cultura donde, mientras unos reconocemos el marchamo de un tipo de cine tan esencial, otros sienten la amenaza del mainstream y los convencionalismos.

Como siempre, el contexto temporal de la cinta acude a socorrernos. Lejos de abrazar otro macroproyecto lleno de amplia logística y localizaciones exóticas como “En busca del arca perdida”, Spielberg prefirió arroparse en una historia íntima sobre el abandono y la coexistencia, llevándola a un terreno que conocía tras haber especulado con los misterios oficiales sobre el espacio exterior en “Encuentros en la tercera fase”. Ese recogimiento, que plasma magistralmente el tono cercano y residencial que rodea a la familia rota del pequeño Elliot (Henry Thomas), supuso un primer riesgo de tipo expiatorio, ya que, como el director reconocería unos años después, bebía tanto del divorcio de sus propios padres como Indiana Jones lo había hecho de los seriales televisivos con los que solía evadirse. Por desgracia, esa contingencia interior no impediría a la postre otras más terrenales, como que Melissa Mathison escribiera el guion en tan solo ocho semanas, o la sujeción a préstamo de parte de los diez millones que Universal Pictures no quiso invertir en su totalidad, convencida (cómo es la vida) de que una película infantil nunca le saldría rentable.

Poco podían sospechar en el estudio que se hallaban ante un clásico instantáneo. Con una criatura dignificada desde su concepción, mediante fotografías de Einstein o Hemingway, y delineada a partir de “Mujeres del Delta”, uno de los cuadros de su creador, Carlo Rambaldi, Spielberg puso el empeño en transformar a E.T. en otro miembro del cast, con doce operadores controlándolo desde fuera del plató, y rodando el libreto en continuidad, para que las emociones básicas que rigen la narración (sorpresa, amistad, sufrimiento, despedida) pudieran trabajarse de forma lineal. Los resultados, a la vista está, lograron trascender el arco de la mera empatía laboral para reflejar una suerte de insólito hermanamiento, que empapa el film de oficio y verosimilitud.

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Suele achacarse a la ductilidad del autor con el mundo infantil el acierto de hacer descender su mirada a la altura de un niño, toda vez que la cámara apenas llega a elevarse sobre la cintura de los adultos que aparecen en el cuadro. Sin embargo, la inspiración para este proceder hay que buscarla en otra fuente -los dibujos animados de Tex Avery– cuya óptica absuelve únicamente a los personajes de Dee Wallace Stone, madre rota por la separación reciente, y del misterioso “Keys” (Peter Coyote). “Keys” consume el mundo infantil con su aparición, pero más tarde se revela como una figura amistosa, porque, al igual que los pequeños, nunca ha desterrado de su memoria al amigo imaginario que en realidad representa E.T., capaz, para nuestro pasmo, de manifestar propiedades angélicas (su corazón luminoso, su tácita sabiduría, su extraña capacidad de sanación). Ahora bien, que este trasfondo quede en evidencia con alguna frase para los espíritus elementales (“Creeré en ti toda mi vida”) no quita para que el relato sea un ejemplo de equilibrio entre sentido y sensibilidad; no quita para apreciar el seductor respeto de Spielberg por sus referentes, explícitos como el John Ford de “El hombre tranquilo”, o velados como el Lean de “Doctor Zhivago”. Por si fuera poco, la inolvidable música de John Williams asocia al entorno y a los personajes un motivo lírico de extraordinaria belleza, de comunión sublime y sin edad, que por sí solo vibra y, sobre todo en la soberbia secuencia del adiós, conecta a quienes presencian el mágico instante dentro y fuera de la pantalla, dando curso a los recuerdos que todos quisiéramos vivir, o resucitando los que no debimos olvidar.

La diferencia que separa una gran película de una obra maestra, la auténtica cualidad de esa “magia” a la que aludo, se declara precisamente en esos momentos finales. Como sucede con Ilsa en “Casablanca”, “E.T.” logra mantenernos contra el tiempo en la secreta esperanza de que, aunque solo sea por una vez, el amigo de las estrellas no se marche. Que se quede con su par humano, y que complete de algún modo nuestra propia infancia a través de la suya. Aunque es cierto que hasta para esto guardó Spielberg un as en la manga: en concreto, el último plano, en el que Elliot se muestra, al fin, bendecido y renovado por la transformación de niño en adulto, y en el que la promesa previa del visitante se torna sugerencia inequívoca: E.T. siempre «estará aquí mismo». Porque estará dentro.