«Están vivos» – (John Carpenter, 1988)

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No es la primera vez que toco el tema en esta página, pero, con el debate aún abierto sobre el miedo y la polarización, tras las recientes elecciones generales, de nuevo encuentro inevitable rescatar gozosamente algunas fuentes, dentro de esa tragantúa que los más reacios ven en el género fantástico, en busca de arriesgados discursos caldeados al fuego de los apocalipsis que están por venir, y cuyos vaticinios suele confirmar, nunca o a medias, como mucho, la cruda realidad.

Treinta y un años han pasado desde que John Carpenter rodara Están vivos, en un momento de desequilibrio económico y personal, a caballo entre el fracaso de sus dos anteriores películas (Golpe en la pequeña China y El príncipe de las tinieblas) y la consiguiente obligación de sumar, a su espíritu de serie B, presupuestos de idéntico calado. No tenía por qué haber problema; al margen de quienes, justamente, lo han entronizado por ser uno de los últimos clásicos amantes de la práctica del montaje, con tres millones de dólares era más que suficiente, a priori, para que un cineasta con dotes de artesano y conjurado con el lado oscuro orquestase su visión sobre un relato contestatario y parco en detalles como Eight O´clock in the morning, en el que la película se inspira.

De hecho, el George Nada del texto de Ray Nelson parece asimilarse a la perfección al que vemos en pantalla encarnado por un no actor, Roddy Piper (entonces luchador profesional), quien con sorprendente naturalidad se arrastra por chabolas y suburbios a la caza de algún trabajo de albañilería, antes de toparse con un grupúsculo de activistas que ha descubierto una soterrada invasión extraterrestre, culpable de la abulia social, el culto a la televisión y el consumo compulsivo. Los “fascinadores”, como se les denomina en el cuento original, apenas han dejado un resquicio del paisaje urbano sin contaminar con mensajes subliminales, que sólo pueden ser vistos -y he aquí el principal mérito del guion- con unas gafas especiales fabricadas para “despertar” a la ciudadanía.

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Lamentablemente, el pulso estatutario que Carpenter había demostrado en su primera etapa por alimentar tensiones y viciar ambientes cotidianos se limita, cuando mira al sistema en Están vivos, a la mera teoría. Alimentando tan solo la expectación sobre lo que puede pasar y no pasa, el autor de La niebla despacha secuencias completas con la misma ingenuidad que el propio Nada demuestra al confiar inicialmente en su entorno. La atmósfera reductora, el aislamiento marca de la casa que encumbrara épicamente a los resistentes como últimos guardianes de lo humano, en filmes como La cosa, tampoco termina de encajar con la óptica global a la que aspira la historia. Ni siquiera el habitual culto al western y a sus códigos de justicia, profesado abiertamente por el director desde su segundo largo, Asalto a la comisaría del distrito 13, van más allá de algún guiño, endogámico y simplón, como el de la matanza en el banco.

También sorprende que, pese a estos ejemplos, el instante que resume las amplias carencias de la película sea el mismo con que se ha pretendido somatizar la decadencia temporal de Carpenter (que recuperaría buena parte de su esplendor en Vampiros o 2013, rescate en Los Ángeles), y que quienes se empeñan en cohesionar subjetivamente determinadas filmografías se apresuran a disculpar como licencia. Me refiero a la larguísima pelea entre Nada y su compañero Frank (Keith David), provocada solo porque este se niega a ponerse las gafas, y en la que se pierden unos segundos eternos, de una deriva narrativa incomprensible, más allá de la pregunta con la que el propio Carpenter parece hacernos pagar el peaje de su autoparodia: «¿Veis cómo me entretengo con estos desgraciados?».

Puntualmente, Están vivos no deja de contar con cierta frescura atemporal, inherente siempre al qué del relato y no al cómo, y con algunas tomas aisladas en las que pervive el olfato y la manufactura de un maestro que, esta vez, solo hizo gala de serlo a la hora de escoger, y delinear, lo que quería contarnos, en lugar de hacer cundir sus celebrados matices.