«La noche del cazador» (Charles Laughton, 1955).

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La reciente ceremonia de los Oscar, más oportuna cada año para indagar en los desoladores estragos de la propaganda, anima a rescatar el viejo debate sobre las poquedades que, desde siempre, han confundido arte y tendencia, entre otras prácticas ajenas a la cultura del cine. “La noche del cazador” es el ejemplo de manual sobre cómo las influencias opuestas al acto creativo pueden dar al traste con el devenir de los creadores, siempre vulnerables al juicio de los acontecimientos, e incapaces de predecir si el tiempo habrá de darles la razón. En el contexto actual, copado por gestores de la imagen, activistas en nómina y demás chicos de los recados, el negocio siempre se reserva su margen de error. A la única película dirigida por el gran actor Charles Laughton, denostada en su momento por ojos poco acostumbrados al simbolismo y mucho -como hoy- a la mojigatería, ni siquiera le cupo esa posibilidad.

Sobre el bagaje original de la novela de Davis Grubb, la inadecuación a la moral conservadora de lo que se relata a modo de cuento infantil plantea un desafío a priori imposible: situar, en un mismo punto, las claves de su atracción mágica y de su exposición al rechazo. El reverendo Powell (Robert Mitchum, en uno de los papeles de su vida) es ante todo una figura polisémica; un hombre del saco dispuesto, en el plano narrativo, a quedarse con el dinero que Ben Harper (Peter Graves) confía antes de su muerte a sus hijos pequeños, tras robarlo por necesidad, y, en el plano alegórico, a devorar sus almas con los terrores y absurdos de la vida adulta.

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Con este planteamiento, no es de extrañar que el destino de John y Pearl (Billy Chapin y Sally Jane Bruce) se consigne desde el principio como un viaje iniciático; un viaje que consta de varias etapas, relacionadas con otros tantos personajes que hacen las veces de jalones en el camino. Con las mentes hueras de la vecindad, y la de su propia madre, Willa (Shelley Winters), abducidas por el dudoso ministerio de Powell, el despertar de los infantes queda inevitablemente condicionado a su huida. Ya en el prólogo, Laughton ha marcado la distancia -merced a varios planos aéreos que nos acercan o alejan de la acción- entre la realidad del espectador y este otro mundo, mitad cotidiano, mitad onírico. Pero, obviando la escena del asesinato de la mujer (presidida por una tenebrosa ofrenda llena de luces y sombras afiladas en ángulos expresionistas), la verdadera delicatessen visual que nos remite ora a Murnau o a Wiene, ora a Perrault y a los Hermanos Grimm, se desata durante dicha escapada, en la que el director no duda en tornar el horror en belleza y la belleza en horror, como cuando asistimos a las cualidades de espíritu guía y paz insólita que inspira el cadáver de mamá en el fondo del río, o a la negación de la ayuda por parte de Birdie Steptoe (James Gleason), inicial asidero para John ante eventuales peligros, pero consumido a la postre por sus demonios como el resto del mundo adulto.

Aunque lógico, no deja de resultar curioso que la comentada secuencia del descenso en barca de los dos pequeños, acrisolada de referencias abiertas a Moisés o Amadís de Gaula, más las que evocan los distintos animales que conscientemente ocupan el plano durante el segmento, culmine en el manifiesto diáfano y sin concesiones que representa la señora Cooper (Lilian Gish). Al igual que Powell, se trata de un personaje asexuado que halla su fuerza en una interpretación propia de la religión, aunque esta vez tan cercana a la santidad que no solo queda inmune al discurso del predicador, transformándose en su yang, sino que se eleva sobre ese populacho que primero acoge al demonio y más tarde lo condena, poniendo de paso al descubierto las desazones de un público inmerso, por aquel entonces, en la recta final de la Caza de Brujas.

El enfoque de Laughton es categórico: el mal absoluto contra el bien absoluto. Garantizada la seguridad de los huérfanos, a mi juicio la película toca techo cuando, con el falso profeta merodeando en el porche al son de “su” himno, Leaning on the everlasting arms (escalofriante en sus labios), Cooper logra solapar momentáneamente la amenaza uniéndose al cántico, difuminando así la línea que separa los extremos. Al final, el malvado recibe su castigo, pero nosotros solo podemos deshacernos en compasión hacia el pequeño John, quien cierra su círculo, como Laughton la película, al encontrar en la detención de Powell un calco de lo sucedido con su padre, entregándole entonces el dinero en una explosión de dolor e ira contenida. Un clásico imprescindible, mírese desde la luz… o desde las sombras.