‘Viaje al cuarto de una madre’ y el auténtico cine español

Viaje al cuarto de una madre

Cuando echo un vistazo al pasado desde el trampolín de la condescendencia, recuerdo con cierta sorna aquellos tiempos en los que me jactaba al decir que no veía cine español. En la trinchera de la ignorancia, creía que los cañonazos anunciados a bombo y platillo por un buen puñado de billetes eran lo único que producía la industria en España. Me equivocaba, claro.

Sin poder citar el hito que hizo las veces de precedente cinematográfico hispanoparlante, un día se coló una pequeña bala en esa barricada de pusilanimidad audiovisual. En realidad, se podría hablar incluso en términos tan minúsculos como inversamente proporcionales a la belleza que encapsulan. Al final, tras años batallando con películas de ayer y de hoy (más de esto último, todo sea dicho), descubrí que el cine español no era ni “Ocho apellidos vascos” (Emilio Martínez-Lázaro, 2014) ni Belén Rueda ni cualquier producción cuya única pasión fuera recaudar sumas ingentes de dinero.

“Viaje al cuarto de una madre” (2018) es el claro ejemplo de lo que para mí significa el cine español. Con una inconmensurable Lola Dueñas en el papel de su carrera, de mirada tan frágil como certera, y acompañada por Anna Castillo, una de las jóvenes actrices con mayor proyección de los últimos años, la sevillana Celia Rico construye un relato intimista en el que no duda invadir con su cámara los rincones más oscuros que acechan en las esquinas de nuestra propia casa.

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En la travesía de Rico, la magnificencia de los detalles nace de su ausencia; una película mínima y minimalista (no por ello irrelevante) sobre la complejidad que entraña el amor cuando se gesta en el seno maternofilial. Porque al final, en esos largos silencios es cuando sale a relucir el vínculo que, cada noche, Estrella teje hasta la cama de su hija. En las palabras, sin embargo, centellean los miedos y los reproches, y el rencor se convierte en remordimiento hasta que se vuelve un gesto de asco y desprecio repentino.

Como ya lo hicieran las catalanas Carla Simón con su exquisita “Verano 1993” (2017),  Elena Martin con “Júlia Ist” (2017) y Elena Trapé con “Las distancias” (2018), la andaluza despliega un derroche de virtuosismo y confirma que el mejor cine de España lo firma en la actualidad una cantera de cineastas primerizas que, con su visión de la vida y las preocupaciones humanas, regeneran el panorama de lo independiente, reivindicando el arte en su máxima expresión. Con la misma naturalidad y belleza que el recién estrenado Carlos Marqués-Marcet y sus “10.000 KM” (2014), a Rico le bastan cuatro paredes para llenar el pasillo de su ópera prima con retratos sobre la soledad, la pérdida, la familia, el deber y el querer (que no siempre son compatibles y a veces se reconcilian con mentiras).

Durante todo el filme, Estrella sigue ahí. No importan las veces que Leonor la sermonee porque no maneja bien su nuevo smartphone, o que la deje sola viendo la serie que empezaron juntas, o que se le pase la hora de cenar. Rico retrata, sin la presuntuosidad de los grandes cineastas, la trascendente sencillez del amor materno: desde el remiendo de un calcetín hasta el olor de un caldo recién hervido al llegar a casa. Porque cuando una madre pronuncia la frase “coge abrigo, que hará frío” de pronto cada letra se convierte en un abrazo. Y eso, eso es cine. Sin banderas ni etiquetas. Amor, en definitiva.