Solo Farhadi lo sabe

Todos lo saben

Hay quienes han querido tachar de culebrón el último filme de Asghar Farhadi. Ojalá Pasión de gavilanes hubiera tenido la décima parte de la profundidad de Todos lo saben. Porque el iraní vuelve a conseguirlo: su cámara, aguda y certera, actúa como un bisturí que disecciona la naturaleza humana y, por extensión, el corazón de las organizaciones sociales modernas. Sin embargo, la hazaña le es familiar.

Algo parecido logró ya con la espléndida Nader y Simin, una separación. En ella, exploraba las secuelas de un divorcio en una familia tradicional de Oriente Medio con una hija adolescente y un anciano decrépito de por medio. También en El viajante, su mirada social y su especial sensibilidad para los dramas familiares estuvieron presentes al contarnos la historia de un matrimonio destrozado por una violación y una concatenación de mentiras. En realidad, son pocos los cineastas que consiguen con tal nivel de precisión lo que el árabe realiza con tanta naturalidad una y otra vez: retratar las inquietudes y los entresijos de la sociedad occidental contemporánea.

Todos lo saben: ¿culebra o culebrón?


En su viaje a España, además, no podría estar mejor acompañado. En total, son cuatro Óscar los que se reúnen en el filme para deleite del espectador. A los dos con los que cuenta Farhadi en la categoría extranjera se le suman los del matrimonio de actores españoles más internacional: Penélope Cruz y Javier Bardem. Pero para talento universal, el de Ricardo Darín, que junto a los otros dos encabeza un reparto en estado de gracia. Los secundarios, por su parte, no tienen nada que envidiarles. Sin su presencia, la película se perdería por derroteros aledaños.

Dibujados con la exactitud que requieren las psiques de los buenos personajes, Bárbara Lennie, Inma Cuesta y Eduard Fernández defienden sus respectivos papeles con un absoluto dominio de la tensión dramática. En especial, es la catalana la que brilla sin amedrentarse ante estrellas de Hollywood del calibre de Bardem, su pareja en la ficción. En su rostro, en su fuerza, en los perfectos giros de guion en los que ejerce como principal pivote, Lennie se confirma como una de las intérpretes de mayor proyección del último lustro. El equilibrio de la cinta, en definitiva, lo mantienen en todo momento unos actores de reparto que ponen parte de sí mismos en la trama, llenando los vacíos argumentales y las lagunas de inseguridades propios de un director extranjero, ajeno al medio y al contexto.

Crucificada en los Óscar


Sin embargo, Todos lo saben no es todo virtudes. La protagonista de Jamón, jamón, aunque con mayores tablas, sigue siendo la misma actriz desmedida e insegura que hace desequilibrar toda la credibilidad del filme en busca de su minuto de oro. Mucho más refinado está su pareja en la vida real, que contrasta con un Darín bastante discreto. Tampoco aportan demasiado los personajes poco desarrollados, sin apenas arco evolutivo y cuestionable utilidad para el desarrollo de la trama. Puede que ese sea su mayor error: un exceso que se agradece desde el punto de vista dramático, pero no desde el formal, donde la abundancia de metraje y de personajes juega en su contra.

Lo reconozco: quizás Todos lo saben es la peor película del director en la última década. Aunque lo cierto tal vez sea que, en comparación con Nader y Simin, una separación, cualquier otra obra resulte mucho más insignificante. No es, sin embargo, una mala película. Al contrario. Es un largometraje sobre la familia y la violencia que subyace en ella. La represión y la pérdida, la mentira y la verdad (mucho más dolorosa que la primera) o las distintas formas de enfrentarse a la maternidad son temas recurrentes en su filmografía que ahora, en su primera incursión en el Viejo Continente, el iraní saca a relucir. Y aunque le hayan negado el Óscar, son ocho las nominaciones a los próximos Goya con las que cuenta en su haber.

Todos lo saben es, por todo ello, la prueba fehaciente de que el mejor cine español no es el que está hecho exclusivamente de billetes y puro sentimentalismo (pienso, por ejemplo, en Campeones, que opta a la nominación al Óscar en lugar de esta cinta), sino el que persigue pretensiones mayores y, al mismo tiempo, intimistas: dejar al descubierto quiénes somos. Puede que la respuesta a esa pregunta nos deje frente al espejo con una desagradable máscara purulenta e inexpresiva que no nos podemos arrancar. Porque solo Farhadi sabe cómo hacernos sentir el asco de vernos desnudos estando a solas.