“Willkommen, bienvenue, welcome, I’m Cabaret, au Cabaret, to Cabaret!”, (Bob Fosse, 1972)

Cabaret, (Bob Fosse, 1972)

La sonrisa de Sally está manchada por su pintalabios. Maybe this time…, canta. Sus ojos brillan llenos de esperanza, y el plano dibuja su perfil con una caricia, exultante bajo un foco que se centra, por unos instantes, en ella como epicentro del mundo: es Cabaret.

El espectáculo de Cabaret (1972) es una orgía de ambiciones, sueños, frustraciones, cigarrillos apurados y ginebra entre horas que despuntan bajo las inclemencias de los años 30, donde el partido nazi inicia su ascenso tras los efectos devastadores del período de entreguerras. En el Kit Kat Club se sitúa la historia de uno de los grandes musicales de la historia del cine dirigido por Bob Fosse, el coreógrafo y director estadounidense. Es una producción alejada abiertamente de los clichés de los míticos montajes de las décadas anteriores que une a una joven bailarina y cantante de cabaret, Sally Bowles (Liza Minnelli), y a un estudiante de Cambridge llamado Bryan Roberts (Michael York) en pleno auge político del NSDAP al gobierno alemán.

Y si deseamos un maestro de ceremonias, por favor, no duden en acudir a Joel Grey. Rompiendo la cuarta pared, el conductor de las tablas del Kit Kat Club, se convierte en el rostro que con sus breves y estratégicas apariciones puntualiza la dramatización de la obra en apenas unos guiños. El libre albedrío no existe, nada es inocente, en Cabaret usted se olvidará de sus problemas, sin embargo, ¿ellos lo olvidarán a usted?

El coloquio


Tras el visionado, Rosendo González, experto en el género musical, apuntó la revolución que supuso Cabaret durante los 70. Después de sendos fracasos en las taquillas hollywoodienses de producciones anteriores, “se recupera los musicales escritos originalmente para el cine, además de adaptaciones de musicales de Broadway, aunque estos son muy manipulados”. De ellos, “únicamente se mantiene fiel la trama y, a partir de ahí, hay una libre interpretación de la historia: se cambian los números musicales, y los directores hacen interpretaciones personales”. Es más, Bob Fosse lograría durante los Oscar de aquel año superar a El Padrino (1972) en todas las categorías, excepto en Mejor película, con decisiones arriesgadas como la contratación de Liza Minnelli, “que había sido rechazada en Broadway por cantar demasiado bien y, lo siguiente que hizo, fue reescribir la obra. En ella los números musicales se convierten en un contrapunto a la dramatización”.

“La historia de amor no es tan importante como lo que nos quiere contar”, señaló González. Al contrario, la fotografía de Geoffrey Unsworth es oscura, se huye de las coloridos de West Side Story  (1961) o las escenas de plano secuencia y de espacios amplios de My fair lady (1964), y se condensa una atmósfera que refleja las visicitudes íntimas de los personajes en primeros y cortos planos que enmarquen la expresividad de los protagonistas. A su vez, las coreografías y la escenificación de las mismas rompe también con la costumbre visual del espectador, quien está presente entre bastidores, entre el público, incluso entre sus pies.

Junto a él, Gonzalo Pavés, Manuel González y Francisco Pomares, coincidieron en la terrible y, a su vez, magistral lección de cine que Fosse realiza durante el número Tomorrow belongs to me para reflejar la llegada del fascismo. Como quiso destacar Pomares, “de una manera absolutamente angelical se seduce a una nación, en donde se ve a estos elementos claves de la población que son la juventud, la burguesía, incluso a ese viejo proletario que se resiste a ponerse en pie”.

El director crea un rastro de migas de pan: en ningún momento desea dar un juicio al espectador, deja que este compruebe cómo la ascensión nazi se da en una sociedad convulsa, disgregada, que apela a los más hondos sentimientos de patriotismo que se enmarca en el rostro de un adolescente de las juventudes hitlerianas. “A través de la música y del montaje se puede contar perfectamente cómo es la estrategia, la seducción, del pueblo llano”, añadió Pavés, que “mitifica ese pasado rural, pastoril, en la cual se toma al niño como ejemplo de esa belleza modélica que, de pronto, a la vez que se va alejando la cámara, pausadamente, lo va mostrando como lo que realmente es”.

Transgresor en el tratamiento de la sexualidad y erotización de los personajes, este es un musical con una “clara intención política”, comentó Pomares. “El cine ha decidido eclosionar a la crítica política, esa confluencia de los elementos narrativos convirtieron a Cabaret en una película absolutamente emblemática, que todavía hoy nos sorprende porque es extraordinariamente clásica y a la vez muy moderna”, sobre todo tratándose de un contexto marcado durante su estreno por la crisis del petróleo.

Bob Fosse realizaría posteriormente Lenny (1974) y All that Jazz (1979), musicales que lo terminarían de consagrar en el panteón del séptimo arte, dejando tras de sí a una Liza Minnelli, Michael York y Joel Grey en estado de gracia que conseguirían transmitir la candidez y la fatalidad de las esperanzas de estos personajes que el tiempo terminar por destruir.

 

Cabaret, (Bob Fosse, 1972) II

 

Título originalCabaret |Año: 1972|País: Estados Unidos|Dirección: Bob Fosse|Guion: Jay Presson Allen, (novela: Christopher Isherwood. Obra: John Van Druten, Joe Masteroff)Música: John Kander (Letra: Fred Ebb) |Fotografía: Geoffrey Unsworth|Reparto: Liza Minnelli, Michael York, Helmut Griem, Joel Grey |Productora: Allied Artists / ABC Pictures |Género: musical