Los ojos y el alma del cine, una entrevista a Cándido Pérez de Armas

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Cándido Pérez de Armas se ha consolidado como uno de los cineastas contemporáneos más reconocidos y prolífico en las Islas. Tenerife es el espacio donde desarrolla la mayoría de sus proyectos y su enorme lado creativo, no obstante, también hay que destacar su laboriosa carrera como docente. Ver en festivales de cine, conferencias o eventos al director junto a sus alumnos, con la cámara en la mano, ya no es una novedad. En la práctica está el aprendizaje y Pérez lo sabe bien.

El séptimo arte y la enseñanza son la piedra angular de su vida. Su técnica ha abierto una senda y, desde hace años, en los coloquios de expertos se habla su propio sello. Uno muy particular que, al parecer, también heredan sus aprendices. Ante tal afirmación Cándido se muestra dichoso y hace una reflexión que da rienda suelta a esta entrevista.

“Pues sinceramente, me lo han dicho en más de una ocasión y he reflexionado sobre si es algo bueno o malo. La conclusión la saqué cuando pregunté a los alumnos y su respuesta fue que disfrutaban rodando así. Por lo tanto, significa felicidad plena. Tengo que añadir que siempre ha sido de forma voluntaria por parte del alumno. Jamás le digo a nadie cómo tiene que grabar. No me atrevería. Yo me vuelco en varias cosas que considero fundamentales. Que disfruten rodando, que sean honestos, que no hagan caso de los haters, que se valoren y que aprendan a hacer mucho con poco”.

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Regresando a la marca que define su forma de trabajar, Pérez de Armas revela que le da vértigo definir algo como ‘su cine’. “Me siento más cómodo si lo defino como la forma en la que me gusta rodar o como hago aquello que me encanta hacer. Honestamente, he aprendido a hacer las cosas dependiendo de los recursos que tenía para contar mis historias. Cuando por fin pude tener mi propia cámara y mi pequeña óptica de 50 mm, que costó 90 euros, tuve que aprender a hacer algo interesante con lo que tenía en mis manos. De ahí surgió mi interés por tramas que encajaran dentro de una estética algo claustrofóbica. Tuve que aprender a sacar partido a los actores. Decidí escribir historias donde la interpretación estuviese por encima de todo. Por lo tanto, si tuviera que definir ese estilo sería: cine a ras de piel. Sin más. A día de hoy sigo explorando otras narrativas, pero me doy cuenta de que incluso cuando tengo más recursos vuelvo de nuevo a mis orígenes. Da igual si se trata de fantasía, de terror o un drama. Siempre vuelvo a las personas”.

Dentro del aula, el tinerfeño apunta que cuando habla sobre cómo crear una obra maestra no pueden faltar dos referencias cinematográficas: El señor de los anillos y Drácula, de Bram Stoker. Aprovechando la nostalgia y el dinamismo que se respira en el ambiente retrocedo en el tiempo y traslado al entrevistado hasta su niñez. ¿Cómo nace tu pasión en el cine, tienes algún referente? “Cuando era niño, mis padres siempre me educaron yendo en familia al cine. Tuve una gran infancia y eso ayudó mucho a mi creatividad, pero siempre me costó encajar en el sistema educativo de entonces. Cuando cumplí 16 o 17 años, rodaba películas de artes marciales, hacía anuncios de futuros films porque me divertía. Un día, cuando me sentí perdido, me pregunté qué era lo que realmente me gustaba hacer y que quería tener en mi vida. Me di cuenta de que el cine siempre había estado en mí y era una forma preciosa donde poder sacar las cosas que necesito contar. Fue algo tan fuerte lo que sentí que desde entonces hasta ahora ese camino ha logrado que un ‘bala perdida’ como yo coja un rumbo sano y adecuado”.

Haciendo una retrospectiva sobre su trayectoria Cándido Pérez de Armas se plantea a cuál de sus obras le guarda un especial cariño. Tras prensarlo detenidamente, determina que no tiene una favorita. “Cada una de mis historias tiene sus motivos y sus secretos. Todas son especiales. Todas forman parte de la vida de un tipo que se aburre mucho y desea contar lo que se le pasa por la cabeza. En 2010 realicé un largometraje titulado La Guía del Silencio junto a un grupo de personas maravillosas. Ese proyecto me enseñó algo importantísimo en mi vida, me enseñó a ser capaz. Años más tarde y desde lo más hondo de mi ser surgió MinAa, un proyecto con el que aprendí muchísimo a nivel humano. MinAa me enseñó que hay que ser valiente y apostar por lo que uno desea sacar. A día de hoy no considero que tenga una obra buena o mala. El único motivo por el que cuento historias es porque deseo tocar el alma de la gente”.

¿Podrías mencionar algunas de tus filias y fobias a la hora de grabar? “Me gusta hablar mucho con el actor. La composición de la escena siempre va alrededor del acting. Prefiero modificar el guion técnico si necesito una buena actuación, que dificultar una actuación porque debo hacer un movimiento determinado de cámara. Cada vez siento una mayor necesidad por acercarme más y más al actor. Me gusta mucho rodar planos cerrados con interpretaciones largas, sin mucho corte. No me gusta que los actores hablen mucho, siempre corto mogollón de diálogo y prefiero que sinteticen, que hablen con su voz pero también con sus ojos”.

Dejando a un lado las mañas y ese buen sabor de boca que dejar rememorar la infancia, el tinerfeño manifiesta su opinión sobre la “existencia del cine canario”. Se muestra confidente, “para mí no existe. Existen fantásticos cineastas canarios. Proyectos canarios y cine hecho en Canarias. No creo que tengamos un sello propio y no me gusta la etiqueta de “cine canario”, a menos de que la usen con orgullo. Prefiero pensar que somos artistas libres nacidos en Canarias, que podemos hablar de cualquier cosa, contarlo bajo cualquier género y que podemos hacer lo mismo que en cualquier otro lugar del planeta. Me encanta la idea de hacer películas para el mundo sin ningún tipo de complejo”.

Puede que hace algunos años Cándido Pérez de Armas se considerara así mismo una bala perdida, tras esta entrevista puede confirmarse. Es una bala que ha penetrado en la, aún en proceso de creación, industria cinematográfica canaria y ha sembrado con la praxis durante los últimos años un bosque que no tiene nada que envidiarle a aquel situado al este de las Montañas Nubladas en la Tierra Media. ¡Vaya una obra maestra!