Israel, un conflicto a través de las pantallas

Fotograma de la película 'Foxtrot' (Samuel Maoz, 2017)

En 1948 la resolución 181 de la Asamblea Nacional de las Naciones Unidas proclamaba el Estado de Israel. La célula creció y se desarrolló y formó su propio hogar en las entrañas de Palestina y, setenta años después, asistimos entre los telediarios y las noticias que vagan y serpentean por Internet los múltiples conflictos habidos en sus fronteras: Gaza, Cisjornadia, Siria… Imágenes que nos llegan e historias que son interpretadas para acercarnos la complejidad de una región que ha supuesto durante más de medio siglo una de las múltiples encrucijadas del mundo árabe.

El 21 de abril, Natalie Portman, la actriz y directora estaounidense-israelí, renunciaba a la concesión del Premio Génesis israelí en reconocimiento a sus méritos debido a “la angustia” que le producían los recientes acontecimientos de su país. Varios miembros de la comunidad se alertaron debido a que estas jóvenes generaciones, así como las futuras, cuestionan y ponen en entredicho cómo se aborda el conflicto, lo que supondrá un debate entre las fuerzas sionistas que ahora gobiernan la nación.

Pero, ¿qué nos cuentan las historias israelíes? Según los expertos, se podría dividir en dos etapas, desde 1948 hasta 1961, y de 1961 en adelante. Remontándonos a la época de los 50, la narración se centra en la recuperación del país, y la huida y angustia sufrida durante el Holocausto nazi como se ve en Éxodus (Otto Preminger, 1960). Una utilización propagandística, como señala Arón Margovis, el fundador del Festival Internacional de Cine Judío en México, que se basaba en “mostrar las dificultades de la reconstrucción del nuevo estado naciente de Israel y, de esa manera, recaudar fondos para la causa”.

Más tarde, tras una estabilización de las políticas económicas y políticas, alrededor de los setenta se consolida un tipo de comedias de sencilla concepción que tienen un hondo calado en la cultura popular israelí, a las que se les llama “películas burekas”. Son semejantes al “spaguetti western” y cuentan con asuntos sencillos y comunes de la población de a pie como en Kazablan (Menahem Golan, 1974). Pero el tiempo avanza y directores como Dan Wolman denuncian la intransigencia moral de las autoridades en films como Hide and Seek (1980), hablando sobre la homosexualidad.

Los vecinos, las etnias, la supervivencia que marca la rutina así como un acercamiento y profundización de la expresión artística dramática son las características de este nuevo cine israelí. Además, en múltiples ocasiones se ha analizado el conflicto palestino-israelí desde diversas miradas. Alguno de estos ejemplos, tanto en el ámbito local como internacional, podemos encontrarlos en películas como Los limoneros (Eran Riklis, 2008), Ajami (Scandar Copti, Yaron Shani, 2009) o Munich (Steven Spielberg, 2005).

Una de las cualidades del séptimo arte es su versatilidad, la cual transforma en documentación histórica y atestiguadora de hechos que han marcado y marcan nuestra existencia. El ejemplo inmediato es el de la teórica y documentalista israelí Dorit Naaman, quien analiza en su obra cómo el conflicto trasciende a la pantalla a través de la mujer. Esta pasa de ser un ente sumiso a intervenir de forma activa en el conflicto árabe-israelí. Uno de estos ejemplos se encuentra en la película Exodus (1960), una superproducción estadounidense protagonizada por Paul Newman, en la que Kitty Fremont (Eva Marie Saint) encarna a la judía exiliada que desea contemplar los cimientos que funden a su país. No obstante, la concepción de lo femenino ha cambiado y ésta se ha vuelto un elemento activo de la lucha armada en los documentales de Norma Marcos The Veiled Hope (1994) y The Women Next Door (1992) en la sociedad palestina.

'Exodus' (1960)
Fotograma de la película ‘Exodus’ (Otto Preminger, 1960)

La libertad de expresión


Nuevos aires devienen con voces que se alzan en contra del status quo imperante. La sexualidad, la moral religiosa, el poder institucional son cuestionados a través de relatos comprometidos como la película Bar Bahar (2016) de la directora Maysaloun Hamoud, cuyas tres protagonistas denuncian y cuestionan la sociedad imperante. Otra de ellas es la producción Foxtrot (2017) del director israelí Samuel Maoz, premiada en la ceremonia de los premios Ofir por la Academia Israelí de Cine y Televisión el pasado año, los Oscars israelíes, que fue calificada como una “difamación” al estado de Israel por la ministra de Cultura, Miri Regev. En este film, se explora a través del baile del foxtrot tres relatos donde el conflicto armado, la trivialidad de nuestras decisiones y la conciencia humana son los protagonistas.

Esta fue una gala cargada de tensión puesto que la ministra ha amenazado en numerosas ocasiones en negar las subvenciones culturales a cualquier producción que sea demasiado crítica con el estado de Israel aludiendo a que sirve como apoyo al “enemigo”. La reacción de la Academia, lejos de guardar silencio, fue no invitar a la ceremonia ni a la ministra ni a ningún político, por “respeto a la industria cinematográfica”.

A ello se suma una lucha constante contra determinados estereotipos negativos hacia el mundo árabe que se muestran en largometrajes, series o  fruslerías de Youtube: el radical, chovinista, terrorista, pobre e inculto árabe que rezuma odio en la pantalla intentado adaptarse a los cánones occidentales. Jack G Shaheen (2008) lo resume así: “Trasmitiendo esta ‘misma importancia humana’ en las pantallas de los cines, Hollywood realizará al final la construcción de puentes de entendimiento y confianza. Aunque vivamos en Texas o Timbuktu, nuestras voces forman parte del coro universal. Mantengan la esperanza: nuevas películas dirigirán el camino, ilustrando a pesar del color, confesión, o cultura, al que estamos destinados”.

'Los limoneros' (Eran Riklis, 2008)
Fotograma de la película ‘Los limoneros’ (Eran Riklis, 2008)

Ya Amos Oz (1939) lo dijo en su libro Contra el fanatismo (2015): “Cada uno de nosotros es una península, con una mitad unida a tierra firme y la otra mirando al océano. Una mitad conectada a la familia, a los amigos, a la cultura, a la tradición, al país, a la nación, al sexo y al lenguaje y a muchos otros vínculos. Y la otra mitad deseando que la dejen sola contemplando el océano”.

Israel, un estado en pleno conflicto bulle vida por todos sus costados.