La túnica sagrada (Henry Koster, 1953)

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Los manuales yerran: la primera película producida en Cinemascope no fue “La túnica sagrada”, sino “Cómo casarse con un millonario”, por mucho que el filme religioso de Koster acaparase finalmente los méritos al adelantar su estreno en este formato. El dato terminará de enterrarla en el olvido de quienes no pueden ver en ella aportación alguna para la posteridad, y menos si se compara con otras visiones paralelas sobre la historia oficial, como “Rey de Reyes”, planteada por Nicholas Ray en clave –cómo no- de juventud rebelde, o el espectáculo envuelto en tules de “La Historia más grande jamás contada”, filmadas diez años después de la cinta que nos ocupa.

El problema es que “La túnica sagrada” es demasiado ortodoxa y lacónica para haber confluido en ella un original del pastor luterano Lloyd C. Douglas, un guión de Albert Maltz y Phillip Dunne (escritores ambos de marcada tendencia izquierdista), y el appeal natural del drama en torno a la fe, a priori ingredientes más para crear un mixto de choque que un ejercicio purista.

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No es que el resultado deje demasiado espacio a la interpretación: traumatizado por su experiencia a los pies de la Cruz, el devenir de Marcelo Galio (Richard Burton) tras ganar la túnica de Jesús en un juego de apuestas se presenta prácticamente esquematizado en función de los personajes que el tribuno romano va encontrándose a lo largo del camino. Casi todos ellos sufren una presencia endeble frente a la cámara, tanto por las limitaciones ad hoc del autor (en las antípodas de “Mi prima Raquel” o “El invisible Harvey”, y acaso más preocupado de rellenar los espacios de la futura pantalla ancha) como por el papel a medida de Burton (al que, como curiosidad, se mide de igual a igual el Demetrio encarnado por Victor Mature, tradicionalmente considerado el Stallone de la época, y cuyo personaje reviviría más tarde en una secuela de Delmer Daves, “Demetrio y los gladiadores”).

Donde había material para la introspección y la analogía, toda vez que no se cuenta la vida de Jesús sino la experiencia de alguien cuyas creencias cambian tras presenciar el momento de “hacer nuevas todas las cosas”, nos queda tan solo una amplia escalada de momentos episódicos y algunas escenas (la mayoría de salón) que han contribuido a hacer comunes determinados lugares del peplum. Queda además, esta vez para bien, la música de Alfred Newman como decisivo refuerzo de esa abierta inspiración pictórica que apuntala este relato (como la mayoría, por mucho que alguien descubriera a Caravaggio en “La Pasión de Cristo”) y que, merced a un instante de gran lucidez, alcanza su cénit, para no volver a tocarlo, a los veintinueve minutos de metraje. Hablo del breve encuentro en una calle sombría entre el esclavo Demetrio y el esclavo por excelencia de la condición humana, Judas, en el que la ausencia de elementos de relleno, la inteligente disposición del punto de fuga en el encuadre (señalando al árbol del que el traidor habrá de colgarse), y sobre todo la breve conversación, en la que el apóstol se revela antes incluso de que un trueno refrende la maldición unida a su nombre, llenan de significado lo que en otros segmentos solo acierta a llenar el colorido paisaje.

Sin la incontestable fuerza del DeMille de “Los Diez Mandamientos” en sus dos versiones, ni la demagogia del Huston de “La Biblia en su principio”, “La túnica sagrada” descansa en el limbo del término medio para amantes muy concretos del género y para estudiosos vocacionales que ven en ella un alarde de cine “histórico” de buen gusto (que lo tiene), dentro de ese catálogo que apetece rescatar en momentos puntuales del año, como la Semana Santa que nos viene. Con todo, para conocer las mejores versiones de la obra de Douglas, recomiendo revisar el trabajo de Frank Borzage (quien de su literatura obtuvo hasta tres películas, “Luz de esperanza”, “Vidas heroicas”  y “El gran pescador”), sin olvidar “Obsesión”, su primera novela, llevada al cine en dos ocasiones, la mejor a cargo de Douglas Sirk, otro alemán exiliado a Estados Unidos al igual que el propio Koster.