Blair Witch (Adam Wingard, 2016)

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En 1999, los cines se llenaron de carteles con la foto de tres chicos americanos desaparecidos, junto con un enlace web que daba acceso a información y videos sobre su búsqueda. Poco más tarde se estrenaría “El proyecto de la Bruja Blair”, supuestamente construida a partir de la única pista encontrada sobre su paradero: las cintas que grabaron los chavales mientras hacían un documental sobre la leyenda local de la bruja de Blair. Nadie sabía si el film era verídico o pura ficción, así que el público acudió en masa al cine movido por la curiosidad. Al salir de la proyección, unos afirmaron haberlo pasado realmente mal… pero muchos otros se sintieron estafados (¡Pero si no se ve nada!”, decían). Con “El proyecto de la Bruja de Blair” nació la engañosa y poderosa publicidad viral, corregida y expandida con el auge de las redes sociales, se anticipó la democratización de los medios audiovisuales de la era de Youtube y del Smartphone, y se rescató el estilo de metraje encontrado (“found-footage”) iniciado por “Holocausto caníbal” (1980) para desarrollar una nueva forma de aterrorizar al personal.

Su menospreciada secuela, “El libro de las sombras” (2000), abandonó el “found-footage” por una narrativa tradicional, evidenciando las limitaciones de la técnica. En los 17 años que han pasado desde el estreno de “El proyecto de la bruja de Blair” han sido muchas las películas que, con mayor o menor fortuna, han intentado seguir su estela; “Paranormal Activity” (2007) ha sido su sucesora más directa, al ser otra película de terror de bajo coste que se acaba convirtiendo en fenómeno mediático, siendo su éxito exprimido hasta que el público le ha dado la espalda tras su quinta entrega. Tenemos un buen puñado de ejemplos decorosos de “found-footage” que han servido para evidenciar terrores atemporales como las posesiones demoniacas (“El último exorcismo, 2008) y otros característicos del siglo XXI como la paranoia post-11S (“Monstruoso”, 2008), así como para sacar a relucir la ausencia de límites morales en la telerrealidad (“[REC]“, 2007) o la difusa línea que separa el terror y la comedia (“La visita”, 2015). Sin embargo, el efecto “veraz” que caracteriza a este tipo de películas se ha ido perdiendo conforme se ha abandonado el amateurismo de sus inicios a favor de planos calculados, actores reconocibles y golpes de efecto demasiado “peliculeros”.

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El último en poner un clavo al ataúd del subgénero ha sido, paradójicamente, uno de los actuales valores en alza del género de terror, Adam Wingard, quien ha rodado una secuela tardía de “El proyecto de la Bruja de Blair” bajo un absoluto secretismo: la película se anunció bajo el título de “The Woods”, junto con material promocional, y no fue hasta dos meses antes de su estreno cuando se hizo pública su auténtica naturaleza. El film vuelve a jugar con la premisa de haberse montado con el material que grabó un grupo de chavales desaparecido tras internarse en el bosque de marras, siendo  uno de ellos el hermano menor de Heather, la chica desaparecida en 1999. Pero la videocámara y sus rudimentarias cintas han dado paso a la alta definición, las microcámaras y los drones. Como ya se pueden imaginar, de poco les va servir tanta tecnología a estos pobres incautos (que ahora son seis, lo que se traduce en más carnaza) para salir con vida de ésta.

Este grupo de millennials no puede jactarse de tener más sentido común que la generación anterior. Wingard y su guionista habitual, Simon Barrett, evidencian su respeto por la cinta original trazando una narración tan similar a aquella que “Blair Witch” podría pasar como remake, pero no del todo, porque enriquecen la mitología de la película añadiendo nuevas pistas que remiten a los acontecimientos previos, respondiendo a algunas de las incógnitas abiertas al tiempo que se crean otras tantas. Los fans del film original disfrutarán elucubrando teorías y conjeturas, pero el resto no encontrará demasiada emoción en una película que es básicamente lo mismo pero en formato multicámara, con más medios, más efectista, y por ende, menos creíble, más falsa e igual de mareante. Tampoco ayuda que los protagonistas sean los típicos chavales que, por muy increíble que parezca, no deben haber visto nunca una película de terror, porque hacen todo lo que se supone que no hay que hacer en una situación así, como irse solos en la oscuridad, trepar árboles (¿?), separarse a la carrera o creer que alguien que desapareció hace 15 años pueda seguir vivo en un bosque normal y corriente. Wingard y Barrett revirtieron los tópicos del slasher en la estupenda “Tú eres el siguiente” (2011), pero aquí están a por uvas.

Lo más destacable del film es su apartado sonoro, tan espeluznante como ambiguo (¿Eso que oímos son aullidos? ¿Gritos? ¿Risas?), el agobiante tramo final y esas pistas sobre el misterio de la bruja de Blair que, sin ser tan sutiles como las de la cinta original, tampoco terminan por aclarar el asunto. Para bien y para mal, ya no somos tan ingenuos como éramos a finales del siglo pasado, así que a pesar de que una supuesta película amateur ya no nos infrinja el miedo de antaño, tampoco podemos sentirnos estafados cuando sabemos perfectamente lo que nos vamos a encontrar. Algunos dirán que, al menos, aquí sí que se ve “algo”, no como en aquella película tan denostada como clave en la cultura popular del siglo XXI.