Network. Un mundo implacable (Sidney Lumet, 1976)

A poco que volvamos la vista atrás, causa risa que, además de haber convertido el trailer en una práctica chivata y atronadora, el patio hollywoodiense suela incluir en él la palabra “visionario” para describir a esos niños aventajados que no sabrían dar un paso sin ralentizar la imagen y barnizarle la luz y el color. Si alguna vez tuvo sentido la imprudencia del término, sin duda se marchó con la pérdida, hace cinco años, de Sidney Lumet y de su cine útil; con el adiós a sus dramaturgias de profundo calado sociológico, y de su incansable analítica, que en “Network” alcanzan estatus de legado generacional.

Al igual que a su coetáneo “político”, John Frankenheimer, a Lumet no le tembló el pulso a la hora de mostrar la cara y la cruz de las altas esferas estadounidenses, después de haberse embarcado en aventuras previas de mayor impronta urbana, como “Serpico” o “Tarde de perros”. En concreto, “Network” profetiza algo que nos suena: una cadena de televisión se aprovecha de la repentina locura de una de sus estrellas, Howard Beale (Peter Finch), concediéndole un programa para recuperar la audiencia perdida sin medir a priori el coste ético de la operación, ni a posteriori sus peligros potenciales. Con esta premisa, el impecable guión de Paddy Chayefsky sintetiza un manual sobre la relación entre el público y los mass media, a caballo entre la cualidad “fría” de la televisión delineada por McLuhan, y las vías de control popular y de fabricación del consenso definidas por Noam Chomsky.

Network

Aunque estamos ante una obra “para escuchar”, “Network” trasciende a los habituales repertorios de citas, giros y juegos escénicos para el lucimiento del elenco, y además elude el peligro inherente a que el encuentro entre cine y la vis teatral típica de Lumet se vicie bajo el reputado pretexto de la crítica social. No falta ni sobra una línea en sus largos párrafos; los decorados televisivos y los espacios íntimos comparten la misma naturaleza artificial, cualificando a tiburones y advenedizos como Frank Hackett y Diana Christensen (Robert Duvall y Faye Dunaway), y limitando a los personajes honestos, como Max Schumacher (William Holden), a una supervivencia nostálgica y descreída. Su descriptiva transparencia argumental, su simplificada inteligencia, y la justa identificación con que se nos acerca a tan complicada red de intereses, definen los mil ojos empleados para elevar el mensaje del filme, y los mil con que, de hecho, se puede contemplar.

Con todo, si efectivamente el valor de la película atiende a sus elaborados discursos (y los que Beale ejecuta en directo presa de la iluminación causan estupor por su descarnada actualidad), no hay que olvidar el fuerte contrapunto con que, desde el otro lado, Lumet equilibra su teoría del caos. A mi juicio, una de sus mejores escenas es también una de las menos comentadas, amén de la más terrorífica sin discusión. Se trata del speech del presidente de la compañía, Arthur Jensen (Ned Beatty), sobre la inexistencia concreta de las naciones, o mejor, su existencia teórica como escaques del poder financiero. En este punto, el autor de “Doce hombres sin piedad” roza calculadamente el expresionismo con un magnífico juego de luces y sombras, afilados contraplanos del rostro extático y horrorizado de Beale, y la oblicua disposición de una amplia fila de lámparas que, flanqueando al oscuro personaje en su larga mesa de reuniones, avivan la ubicuidad de esa desconocida elite sin rostro.

Como si se hubiera rodado ayer mismo, “Network” conforma una mirada hacia el hastío ciudadano, que termina gritando en sus balcones a modo de manifestación espontánea; guiña al debate sobre la sumisión al dinero del petróleo,  incomoda al rescatar el Shangri-La revelado de la telebasura (la muerte en directo, tras el caso real de Christinne Chubbuck, tan solo dos años atrás), y, sobre todo, testimonia el encuentro entre dos tipos de periodismo: los que representan Max (encarnación madura del antiguo informador honorable) y Diana, juvenil símbolo del cambio a peor, de la praxis agresiva y de la escalada empresarial a cualquier precio. La relación adúltera que ambos mantienen, y que en el hombre casado se adivina como una mera curiosidad por probar a qué sabe un futuro tan amargo, vaticina también, magistralmente, la correlación entre la actitud de los “trepas” y su crónica carencia de amor.

En las décadas siguientes, algunos directores han intentado explorar vías cercanas a la herencia de “Network”, pero el encanto y la clarividencia del filme de Lumet, acaso revitalizados por destellos puntuales como “Buenas noches y buena suerte”, parecen tan inimitables e irrepetibles como los de “El gran carnaval”, sin duda el otro gran clásico sobre la trastienda de los medios.