Terciopelo azul (David Lynch, 1986)

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Tras el fracaso comercial de “Dune”, el tercer largometraje de David Lynch, el productor italiano Dino de Laurentiis no vaciló en brindarle la oportunidad de dirigir su próximo proyecto con total autonomía (y reducción de sueldo): “Terciopelo azul”. La película, que inspiró su famosa serie “Twin Peaks”, se convirtió de forma instantánea en un clásico de culto. Con ella, se afianzó el trademark de Lynch: la persecución incesante de la extrañeza y el lado lóbrego del ser humano. Si existen dos elementos que destilan de los trabajos de Lynch son su singularidad y el aturdimiento que provoca. Ninguno es fácil de asimilar. No solo en su comprensión, como ocurre con “Carretera Perdida” o “Mulholland Drive”, sino también en el ámbito sentimental, con la soberbia “Una historia Verdadera” o la trágica “El hombre elefante”.

Una mañana, en el soleado pueblo de Lumberton, el joven Jeffrey (Kyle MacLachlan), visita a su macilento padre en el hospital. Más tarde, se dirigirá a su casa, y por el camino se encontrará con una oreja cercenada en un jardín. La lleva a la comisaría, donde se la presenta al detective Williams (George Dickerson), padre de la atractiva Sandy (Laura Dern), con la que se topará tras salir de la casa del detective. Comienzan a dar un paseo, y Sandy le conducirá hasta un piso donde vive una misteriosa cantante que lleva tiempo bajo vigilancia policial. Con su ayuda, Jeffrey descubrirá a Dorothy Valles (Isabella Rossellini), una mujer cuyo marido e hijo han sido secuestrados por el psicótico y sádico inhalador de nitrito amílico Frank (Dennis Hopper), quien se aprovecha de ella sexualmente. Pronto empezará a atar la conexión entre la enigmática mujer y la oreja cortada.

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El que fuera el crítico de cine más avezado y apreciado de Estados Unidos, Rogert Ebert, ganador del Premio Pulitzer en 1975, incluyó “Terciopelo azul” en su lista de “Películas que nunca deberías ver”, pues considera que la valiente actuación de Rossellini merecía un producto mejor, en el que no se desprendiese una oscuridad del que el propio director parece burlarse, sin darle importancia.

La acusaba también de ser “personal” y que “por lo tanto, significa más para él que lo que nunca significará para los espectadores”. Aquí Ebert hace referencia a escenas como la de Rossellini apareciendo desnuda en un porche. Una noche, Lynch y su hermano iban dando un paseo, cuando atisbaron una mujer aturdida y desnuda, descendiendo por la calle llorando. El director asegura que aquella noche dejó una fuerte impresión en él. Las probabilidades de encontrarte a una persona desvestida y desconcertada en la nocturnidad de la noche, o una oreja cortada a plena luz del día, son escasas, pero las hay. Son situaciones descabelladas, pero no imposibles. Ahí está la gracia del filme. Te muestra perversidades atrevidas sin tapujos en un pueblo donde, en palabras de Lynch, “reinan el caos y la oscuridad”. Y claro, esto provoca un miedo natural que se incrementa cuanto más tranquilo sea lugar en que se produzcan. Qué mejor lugar que Lumberton, una localidad aparentemente atemporal (como la lobreguez del ser humano), en la que se respira serenidad. Pero lo más terrorífico reside en que en esas perversiones existe gente que encuentra el “placer”, como Frank.

Entre las diferentes explicaciones que Lynch ha dado sobre “Terciopelo azul” a lo largo de los años, admite que algunas de las escenas son “tan violentas que desembocan en una cierta forma de humor”. Eso es cierto, pero la burla es inexistente. El ejemplo se da cuando Frank choca intencionadamente enfurecido con otro coche, sacando al conductor posteriormente del mismo, y dándole una paliza. ¿La causa de su cólera? El conductor del coche iba demasiado pegado a la parte trasera del suyo. La situación es tan absurdamente agresiva que te provoca una sonrisilla.

A Jeffrey le entrará pronto una curiosidad imparable por saber lo que está ocurriendo, comenzará a sentir un deseo sexual hacia Dorothy, que se incrementará cuando la vea cantando en el Slow Club la canción que inspiró la película, “Blue Velvet” (“Terciopelo azul”). Su inocencia y personalidad tranquila atraen a Dorothy, pero se sentirá angustiado cuando descubre que tras los abusos constantes de Frank, la “Dama Azul” es sadomasoquista. En su primer encuentro carnal, aunque se niega ante los gemidos y súplicas de Dorothy, cede y le pega. Este es el punto en el que este melodrama negro se torna en un duelo constante entre lo moral y lo vicioso. La repentina variación del sonido (“Cabeza borradora”), unida a la distorsión de la imagen durante el acto, (como cuando la madre de Merrick es atacada en “El hombre Elefante”), es, al igual que el resto de la filmografía de Lynch, inquietante y portentosa.

BLUE VELVET, Dean Stockwell, 1986, (c) De Laurentiis Group

El célebre tema de Roy Orbison “In Dreams”, incluida en el especial de las “500 mejores canciones de todos los tiempos” que publicó Rolling Stone en 2004, aparece, según Lynch, en la eye-of-the-duck scene (“escena del ojo del pato”) de la película. Para el director, los largometrajes son cuerpos de patos, y asegura que todos cuentan con una escena específica que pueda compararse con el ojo del animal en cuestión a nivel metafórico. La colocación de un ojo en en el centro de la cabeza del pato es clave, se siente “correcta”, porque no tendría sentido ninguno en otro lugar, y porque completa su apariencia corporal. Si el ojo, la “joya”, se sitúa en el momento adecuado en la estructura de la película, es “fantástica”. Para los despistados, Lynch adhirió una pista: el bar que está fuera del local de Ben tiene un cartel con unas letras de neón rojas que ponen This is it (“Es ésta”).

En ella, tras haber secuestrado a Jeffrey y a Dorothy, Frank los lleva al domicilio del enigmático Ben (Dean Stockwell), donde se encuentra el hijo de Dorothy. La canción descompondrá el lado más tierno de Frank, del mismo modo que lo hizo la versión de “Blue Velvetque canta Rossellini en el club. Cuando el inquietante Ben,  y su camisa de chorreras, comienza a mover los labios, haciendo un playback de la famosa canción, deja ensimismado a un emocionado Frank (soberbio Dennis Hopper), cuya perversa naturalidad desaparece por un solo minuto, olvidando el lúgubre lugar en el que se encuentra y dejándose “ser arrastrado” por “la mágica noche”.

Otra escena notable es la del baile adolescente en el que Jeffrey y Sandy se besan por primera vez, mientras suena la exquisita “Mysteries of love”, compuesta por el frecuente colaborador de Lynch, Angelo Badalamenti, e interpretada por la enigmática Julee Cruise. Aunque claro, unos 20 minutos después ese halo de amor se desvanecerá momentáneamente cuando Sandy descubre que Jeffrey se ha acostado con Dorothy. La desencajada mandíbula de Dern y su exagerado llanto cuando se entera dan risa. Afortunadamente, años después se afianzará como actriz, comenzando con proyectos como “Corazón Salvaje”, donde repetirá con Lynch.

“Terciopelo azul” te obliga a reflexionar sobre el lado sombrío del ser humano que anhelamos creer que no discurre por el mundo. Lynch es un auténtico pionero. Fue el primero en derrumbar la imagen de esa América ortodoxa, pues no hay lugar que no albergue la negrura que forma parte de las personas. Eludimos, mediante el abuso constante del mecanismo defensivo de la negación, aquellos elementos de la realidad que nos resultan inconcebibles. Pretendemos que no existen personas “enfermas” como Frank, o víctimas como Dorothy. Ni tampoco weirdos del calibre de Ben. Pero están ahí. Quién sabe qué otras monstruosidades puedan estar ocurriendo en tu mismo pueblo o en el de al lado. O qué barbaridades se ocultan dentro de tu propia familia o de los que te rodean. No nos detenemos a cavilar en ello, porque la ignorancia es muy dulce.