La gata sobre el tejado de zinc (Richard Brooks, 1958)

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Hablar de Richard Brooks es hacerlo en un sentido tranquilizador del término “adaptación”, ahora que numerosas narrativas periféricas al cine se aprovechan del formato para experimentar con híbridos al servicio del mercado. El más activo embajador de la novela contemporánea que tuvo el cine estadounidense sabía desde el principio que, para forjar una carrera como la suya, no iban solo a bastar militancia lectora y respeto a los originales, por mucho que esas cualidades nos dejaran brillantes guiones para estrellas en estado de gracia (el Burt Lancaster de “El fuego y la palabra”), o pensamientos inéditos sobre la condición humana, dentro de empresas largas y complejas como su traslación “integral” de “Los hermanos Karamazov”, el mismo año que la cinta que nos ocupa.

Además, era necesaria una amplia destreza en la dirección de actores. El autor de “Los profesionales” dio prioridad a esta faceta, madurando un potencial que, con el tiempo, e incluso en condiciones adversas, disipó prácticamente las fronteras entre cine y literatura gracias a títulos como “Lord Jim”, “A sangre fría”, y, sobre todo, “La gata sobre el tejado de zinc”.

Digo adversas porque, en la primera de las dos adaptaciones que Brooks realizó sobre un libreto de Tennessee Williams, tuvo que contar de antemano con tres contratiempos: la censura, que silenciaría a cualquier precio el trasfondo homosexual de la relación de Brick (Paul Newman) con su amigo Skipper, cuyo suicidio expía con el alcohol y la culpa; la rebeldía, por ende, del famoso dramaturgo hacia cualquier revisión política de su obra, y la noticia de la muerte, durante el rodaje, de Mike Todd, entonces marido de la malograda Liz Taylor. Sin embargo, nada de esto parece empañar el fuste narrativo, escénico y actoral de la película, cuyo mérito mayor es la simple ampliación de las limitaciones físicas del teatro sin abalorios inútiles ni excedentes para la galería.

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Como le sucedía a Marilyn Monroe, el abrigo de un buen guión adaptado y la acción en interiores benefician a Taylor, aquí en el papel de Maggie, quien siente que su matrimonio con Brick se va a pique mientras sus cuñados Cooper y Mae (Jack Carson y Madeleine Sherwood) revolotean como quintaesencia del arribismo y la hipocresía sobre la inminente herencia del patriarca (Burl Ives, en un rol a la altura de los protagonistas).

Contra lo que podía esperarse de un texto de Williams, la tensión sexual no alcanza las cotas que Elia Kazan ya se había encargado de emular magistralmente en “Baby Doll” y “Un tranvía llamado deseo”. En lugar de eso, la otra gran constante del escritor, el individuo contra la sociedad, adquiere tintes verdaderamente esperpénticos: la incansable instrumentalización que Cooper y Mae ejercen sobre sus cinco hijos en pos del objetivo resulta insufrible y obscena; la presión y el dirigismo absoluto sobre cómo vivir una vida y ser feliz devienen causa principal de la infelicidad, como dolorosamente representa la abuela, encarnada por Judith Anderson. La familia, en fin, vista como trámite imprescindible aun a costa del cariño y la comprensión debidos, y de una amplia lista de infidelidades insatisfechas, encolerizan por igual a Brick y a Maggie, quienes reconocen “no vivir, sino ocupar la misma jaula”, aunque a la postre sea su común deseo de huida el que los reconcilie.

“La gata sobre el tejado de zinc” es ante todo un fuerte duelo de diálogos y recordatorios sobre la trastienda de la verdad, sobre las realidades tozudas que subyacen bajo las convenciones, y que, tras los luminosos trabajos de Taylor y Newman, flotan como ecos oscuros en las sabias palabras de un padre anciano que empieza a atisbar su pronto paso al otro mundo: “La verdad son los sueños malogrados, el nombre que no aparece en los periódicos hasta que uno muere”. Brick y Maggie, que para algo es la Gata, se decantan por la verdadera fortuna intentando, al final, que sus nombres no se tomen en vano.