Los siete samuráis (Akira Kurosawa, 1954)

Cuesta creer la distancia con que aún suele mirarse al cine clásico oriental, sobre todo si se compara con la rapidez con que nos avenimos a modas puntuales de género, como la efímera ola de terror japonés de hace unos años. Aun así, que Ozu y Mizoguchi continúen siendo asignaturas pendientes en nuestro acervo audiovisual no quita para que la influencia ecuménica de Akira Kurosawa en el cine de Occidente (una influencia en la que increíblemente todavía hay que indagar, quizá por las naturales abstracciones del aparato estadounidense y del elitismo europeo) resulte felizmente incuestionable.

Es un goce para los aficionados con vocación buceadora tararear las similitudes argumentales y semánticas entre “La fortaleza escondida” y “La guerra de las galaxias”; causa orgasmos intelectuales relacionar plano a plano “Yojimbo” y “Por un puñado de dólares”; la sorpresa deja blanco al revelar el humo rosa de “El infierno del odio” como preludio de la niña del abrigo rojo en “La lista de Schindler”. Aun así, me temo que el mayor dechado de virtudes; el discurso que, a mi juicio, ha propiciado entre ambos mundos el mayor cruce cultural, potenciado a la larga el atractivo vocabulario del cine, y reposado más fielmente en la sabiduría popular, es el de “Los siete samuráis”.

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Para reactivar el chanbara con ceremoniales propios, tras un período histórico de férrea censura, al autor le resultó indispensable contener la disposición de sus variadas piezas en el tablero, toda vez que su ecléctico interés por aunar humor, acción y psicología, tiende, durante el metraje, a mantener el misterio y, por tanto, a evitar la sobreexposición. Los habitantes de un pueblo de campesinos, saqueados y diezmados periódicamente por un grupo de bandidos, contratan a unos ronin (samuráis a la deriva) para defenderse con sus espadas a sueldo. El grupo gira alrededor de Kambei (Takashi Shimura), guerrero honesto y compasivo, aunque las personalidades de sus cinco ayudantes, ricas en matices y complementarias en solidaridad, son las que de verdad cursan la cohesión y la senda cinematográfica de la aventura. Un pulimento, el del esquema coral del Gung-ho! (“Todos a una”), que despunta entre el vergel de bondades de la cinta, y que a la postre ha repartido amplia y dispar fortuna al otro lado del charco, desde “Doce del patíbulo” hasta “Aliens, el regreso”, sin olvidar, obviamente, a “Los siete magníficos”, remake cuyo éxito, a día de hoy, me sigue resultando incomprensible.

Emocionante, humana y épica en un sentido que quizá se haya perdido para siempre, “Los siete samuráis” es un llamado tanto a la lucha comunal contra el despotismo, cuyos frentes nunca terminan de delinearse, como al disfrute visual de determinadas esencias niponas y universales, plenamente administradas por un Kurosawa justo en el ecuador de su carrera. Entre las escenas más sobrecogedoras, destaca la de la mujer moribunda que escapa del incendio del molino y que, con su último aliento, cede a su hijo a Kikuchiyo (Toshiro Mifune), quien llora al cabo del arroyo identificándose con el pequeño, cuya triste orfandad hace suya.

Los conflictos de honor en la convivencia y en la toma de decisiones; la inmaculada precisión con que todo ello nos es descrito; el drama de la guerra y el desarraigo, acrisolado en todos los estratos sociales que se representan, y el inolvidable final, en el que los defendidos parecen escudarse en sus antiguas tareas para olvidar la tragedia que acaece sobre los defensores, componen una de las películas más completas de su director, y un manual de referencias imitado mil veces, la mayoría de forma injusta y parcial. Más que nunca, el original manda.