Cuando el destino nos alcance (Richard Fleischer, 1973)

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Hasta en cuatro películas ambientadas en un mañana distópico llegó a embarcarse el recordado Charlton Heston en el corto espacio de seis años. Entre todas, y obviando el último minuto de “El planeta de los simios” (perenne en la galería mitómana), el tiempo y su vis profética han querido ennoblecer “Cuando el destino nos alcance” con el beneficio del impacto por dos motivos incontestables: primero, porque el devenir sociopolítico ha terminado por dotar de sustancia a la ficción imaginada por Harry Harrison en la novela original, “Make room! Make room!”, y, segundo, porque la cinta lleva el sello de Richard Fleischer, por unanimidad en el olimpo de los grandes directores de cine de aventuras.

Es verdad que no estamos ante acontecimientos cinematográficos como “Los vikingos” o “Viaje alucinante”, pero que la historia se atenga a un futurismo mucho menos clásico y accesible, como el que el autor había revisado también en “20.000 leguas de viaje submarino”, abre un prometedor terreno a la especulación sobre el hombre como lobo para el hombre, que, en tiempos de crisis, torna además en pura pedagogía. En este sentido, llama la atención el espectacular y atemporal montaje fotográfico sobre la era industrial que inaugura la cinta, para resumir el infierno superpoblado y falto de recursos con que Fleischer nos adentra en la Nueva York de un año 2022 sin agua corriente, con 20 millones de parados, y en el que la verdura y la carne se han convertido en artículos de lujo. El detective Thorn (Heston), a quien vemos actuar con la doble moral que la necesidad impone, investiga en este caos el asesinato de William Simonson (Joseph Cotten), directivo de la corporación Soylent, dedicada al reciclaje de un matahambres que parchea el desastre humanitario.

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Pese a su trazo no exactamente transgresor, consustancial al buen gusto de Fleischer, la película resulta singularmente dura. Por encima de las pesquisas de Thorn y de su falta de escrúpulos, del amargo y no siempre logrado maridaje entre ciencia ficción y cine negro, me interesan mucho más las escenas del hacinamiento, la escalera  atestada de desheredados que el investigador tiene que sortear para acceder a su piso, las multitudes dantescas y desorientadas siempre a punto de estallar, y los camiones antidisturbios que las cosechan al mínimo conato de protesta. Visual, aunque ajeno al sensacionalismo pese al fuste del relato, Fleischer proyecta sobre este rincón de nuestras peores previsiones su mirada principal para cotejarla después con la de Sol Roth (Edward G. Robinson, en su papel póstumo), cuya edad avanzada lo convierte en el único personaje que nos conecta con el hoy, y que, al contrario que su rudo compañero, ha paladeado la cultura y conoce el tacto de una pastilla de jabón. Un ejemplo particularmente bello, tanto del presente reflexivo latente siempre en el género como de la exquisita praxis del director, es, claramente, la escena del almuerzo con alimentos reales que los dos amigos comparten de forma excepcional, y en cuyo emotivo plano-contraplano reside el único alivio de todo el metraje.

Como en “Rollerball” o “La fuga de Logan”, bajo la celebración de la muerte que la sociedad concede a sus ciudadanos también se esconden motivos espurios. Tras conocer la aterradora verdad sobre el Soylent Green, Sol decide emprender el camino de todas maneras, demasiado consciente, quizá, de que “todo es miseria y nadie hace nada”, como llega a espetar en cierto momento. La secuencia de la eutanasia voluntaria del anciano, y la disposición de los elementos recordatorios en el “Hogar” en que la solicita, como la pantalla panorámica y la música clásica de fondo, participan del mismo trayecto demoledor que las rodadas en exteriores, causando, precisamente por su calculado contraste, efectos de idéntica gravedad: asistimos a la muerte como descanso, sí, pero también al recuerdo (o a la revelación perturbadora) del mundo que se perdió, de la abundancia natural que fue y dejó de ser, y sobre todo del fracaso de la “civilis”, irreversible esclava de su propia estupidez. El ocaso del hombre queda así emparentado con el de la lírica y la creación, en la belleza irónica de un doble crepúsculo que resume el mensaje de la película.

Con todo, más allá de la última línea de Heston (“Soylent Green is people!”), que se popularizó en la época, hay otra frase que resume el espíritu del filme en la misma línea en que propuestas recientes, como “Hijos de los hombres”, han bebido sin ambages de este clásico de Fleischer. Desgraciadamente, dicha frase ni es ficticia ni tiene edad: “¿Que por qué han hecho esto? Porque era lo más fácil”. Para pensar.